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ASIMETRÍAS DE INFORMACIÓN EN
EL SECTOR: A VECES EL REMEDIO ES PEOR QUE LA ENFERMEDAD
Francisco Gárate
Santiago e Irene Albarrán Lozano. Actuarios.
La teoría enseña
que cuando un mercado funciona de tal forma que todos los agentes
conocen todos los detalles que influyen en la negociación, el
resultado es el óptimo: los precios y las cantidades intercambiadas
son las que deben ser. Sin embargo, esta situación, lejos de ser lo
habitual, no deja de ser una deseable quimera y es prácticamente
imposible encontrar algún bien o servicio que se negocie de esta
forma. Para no ser una excepción, el mercado de seguros padece
imperfecciones que hacen que los contratos vendidos y sus precios
difieran de lo que, en puridad teórica, debieran ser. Existen dos
fenómenos que condicionan el consumo y las coberturas de los
clientes, ponen en peligro la suficiencia financiera de la prima y,
entre otras cuestiones, hacen que no se cumplan determinadas
características fundamentales que deben definir al evento
asegurable. Se trata de la selección adversa -o antiselección-
y del riesgo moral -o moral hazard-, las cuales, son
manifestaciones de las denominadas asimetrías de información.
Muy brevemente, diremos que la selección adversa lleva aparejada la
contratación de un seguro por un individuo que paga una prima
inferior a la siniestralidad esperada por ese agente. Dicho de una
forma más técnica, tal y como la definieron Rothschild y Stiglitz
allá en 1976, sería aquella situación donde las asimetrías en la
información entre tomadores y aseguradores conducen a que los
asegurados reclamen pérdidas que son superiores a la tasa media de
pérdidas correspondientes al total de la población usada por las
entidades para fijar sus primas. Por tanto, el trato no es justo,
sino que una de las partes se beneficia de la otra. Por su parte, el
riesgo moral se produce una vez contratado el seguro, ya que por el
mero hecho de tener esta cobertura, el comportamiento del individuo
puede ser diferente al de no estar asegurado.
Se ha escrito
mucho sobre la información asimétrica en los mercados de seguros. Su
existencia hace que se produzca una correlación positiva entre
cobertura de seguros -número de coberturas o pólizas suscritas- y la
experiencia real de siniestralidad -ocurrencia del siniestro
asegurado-. Para evitar las consecuencias no deseadas de estos
fenómenos, se ha reaccionado de diversas maneras. Así, en el caso de
la antiselección se han introducido mecanismos tales como el
aseguramiento obligatorio, la vinculación de la contratación a
fenómenos o variables independientes de la voluntad de quien
contrata el seguro -colectivos cerrados-, la inclusión de periodos
de carencia para el acceso a determinados servicios o diversos
mecanismos de selección de riesgo a través de la declaración previa
del estado de salud a la contratación del seguro. Por su parte, para
intentar evitar el riesgo moral, las compañías han reaccionado con
medidas como la introducción de diversas y variadas estrategias como
guías de buena práctica, sistemas de pago que no incentiven el
incremento del uso excesivo de servicios, y hacer participe al
asegurado de su siniestralidad, con sistemas de copago, franquicias,
bonificaciones por baja utilización.
Sin embargo, la
realidad ha demostrado que los resultados no han sido los deseados y
que, lejos de resolver los problemas que se querían solucionar, las
presuntas medidas correctoras han resultado no ser tan
«correctoras». En este artículo queremos poner de manifiesto cómo
las consecuencias de ciertas estrategias para evitar estas
asimetrías descritas en la información pueden provocar consecuencias
nada esperadas.
Comencemos por la
selección adversa. El mercado asegurador de vida sufrió durante los
años 80 este problema cuando personas portadoras de virus del SIDA
contrataron o ampliaron sus coberturas sin revelar su situación de
contagio, o en la contratación de hipotecas por personas que habían
sido excluidas por su riesgo elevado cuando algunas entidades
introdujeron hipotecas con seguros con reconocimientos médicos
mínimos. Otro ejemplo. Es sabido que el hábito de fumar causa
efectos nocivos para la salud de las personas. Estudios empíricos
demuestran que la esperanza de vida para aquéllos que tienen el
vicio de fumar es al menos 6 años menor que la de los no fumadores,
e incluso mayor según el grupo de edad considerado. Estas claras
diferencias en la mortalidad de este colectivo indujeron a mediados
de los años 60 a la compañía State Mutual Life Assurance Company
of America a ser la pionera en implantar un plan especial para
no fumadores en sus seguros de vida donde los solicitantes debían
complementar una declaración afirmando que no había fumado ningún
cigarrillo en los últimos 12 meses. En 1980, un estudio de la
Life Insurance Marketing and Research Association (Boletín nº
144,) mostraba que de las 230 compañías consultadas, un 30%
reconocía la distinción de no fumador a la hora de tarificar sus
productos, situación que cambio al 60% como resultado de otro
estudio que demostraba la experiencia de la mortalidad ganada por
dicha compañía pionera al tener en cuenta esta distinción Si
anteriormente los no fumadores estaban subsidiando a los fumadores
pagando primas iguales, estos cambios provocaron movimientos de
altas y bajas en las carteras -estrategias de reemplazo, rescates
cercanos al 40%- que impulsaron a que muchas carteras quedasen
prácticamente formadas por fumadores. Ahora bien, las nuevas
carteras de las compañías que ofrecían ventajas a los no fumadores
no experimentaron los resultados esperados. Muchas fueron las
razones mencionadas pero cabe destacar entre ellas la inadecuada
declaración o definición del estado de no fumador (por ejemplo,
dentro del colectivo de fumadores, a parte de los fumadores
esporádicos, también existían ex-fumadores que no habían cumplido un
año de abstención) y las conductas o hábitos de los asegurados una
vez asegurados (donde podían encontrarse personas que perteneciendo
al colectivo de no fumadores habían comenzado a fumar después de
haber completado su propuesta).
Cabría
preguntarse qué ocurre en mercados con poca experiencia, como es el
caso del seguro de dependencia. A pesar de ser de los últimos
llegados a la mesa del seguro, puede sospecharse que con alta
probabilidad sea susceptible de sufrir la selección adversa, pues
quienes disponen actualmente de las pólizas son aquéllos con mayor
probabilidad de utilizar los servicios ofrecidos o de sufrir el
evento asegurado en el futuro y esa mayor probabilidad que el resto
de la población no asegurada no está siendo tenida en cuenta por los
aseguradores en sus pólizas al formalizar el contrato. Sin embargo,
estudios recientes en Estados Unidos sugieren que aunque existe
selección adversa en el mercado de seguros de dependencia ésta no
produce un aumento en los costes ni mayor siniestralidad de la
esperada. Los mayores costes de los asegurados con mayor
probabilidad esperada de siniestralidad en el futuro son compensados
con los costes de quienes adquieren este tipo de seguro por su alto
grado de aversión al riesgo y cuya probabilidad de tener siniestro
en el futuro es realmente bastante menor que la media de la
población general.
En definitiva, la
selección adversa no ocurre en aquellos seguros donde existe un
aseguramiento pleno, es decir, donde exista una obligatoriedad y
universalidad del seguro y, por tanto, la prima se fija con la
probabilidad de ocurrencia basándose en el total de la población.
Pero esta situación es prácticamente imposible en el mercado de
seguros sobre las personas, ya que nos encontramos en un mercado
incompleto donde no todo el mundo se encuentra asegurado.
Si la selección
adversa está ligada a los seguros voluntarios, el riesgo o abuso
moral ocurre tras la contratación del seguro, pues el hecho de estar
protegido reduce las cautelas que se tienen cuando no se está
asegurado. Esto puede producir que el asegurado empeore sus hábitos
de consumo o conducta sin preocuparse por ejemplo de su estado de
salud (como aquellos asegurados que empezaron a fumar en el periodo
de cobertura). El riesgo moral no sólo está en el comportamiento de
los asegurados. Así, en los seguros de salud, también es posible
encontrarlo en el proveedor del servicio sanitarios que tiende a
sobreutilizar los recursos en asegurados con cobertura total
produciéndose una propensión al sobreconsumo o la sobreindicación de
servicios sanitarios, realización de pruebas médicas cuando hay un
tercero que corre con todos los gastos sanitarios, ya sea la
aseguradora pública o privada.
En conclusión,
muchas son las razones por las que el individuo no contrata un
seguro de Vida o de Salud o de Dependencia, pero también muchas de
estas razones han sido consecuencia de políticas de las propias
entidades aseguradoras. La compañías deben buscar el equilibrio,
pero sin olvidar que dicha búsqueda puede llevar aparejada efectos
totalmente contrarios.
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Irene Albarrán
Lozano y Francisco Gárate Santiago actualmente forman parte del
grupo de trabajo de Dependencia del Instituto de Actuarios
Españoles. |