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Nº 21 - Abril/Mayo 2003 |
COLABORACIONES
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TRAGEDIAS Y ABANDONOS Andrés Aberasturi Periodista No es este un tiempo dulce para vivir ni puedo vivirlo ni tan siquiera puedo engañarme para al menos intentar vivirlo dulcemente. Me rodea la ausencia, la desolación y las tragedias. Quisiera ser más optimista, lo juro, pero esta primavera viene llena de sangre y abandonos y es inútil mirar hacia otro lado. Contemplo en silencio el gran cuadro de Urculo que me vendió a precio de amigo hace ya muchos años y recuerdo a Eduardo cordial, hablador, tan al contrario que ese «autrliano» (así se titula la tela) que sentado en una hamaca azul contempla un horizonte color naranja y espera bajo el inevitable sombrero quién sabe qué. Los cuadros de Urculo –desde los mas negros de su primera época hasta el cubismo que estaba reinterpretando ahora- van más allá de sus colores puros y flota sobre ellos una angustia que nunca aparece en la tela. Ese es su gran hallazgo, creo, la capacidad de dejar en el espectador la certidumbre de que lo verdaderamente importante no aparece en el lienzo sino que espera al otro lado, en algún sitio, en la siguiente viñeta que Eduardo Urculo nunca terminaba de pintar. Releo alguna dedicatoria de Terenci, tan siempre amable, tan aparentemente cómodo en la vida parapetado detrás de su eterna sonrisa de niño bien criado. Alguien lo ha dicho ya y tiene razón: incluso ese papel de enfermo grave, de jugador jugando a la ruleta rusa del pitillo que puede ser el último, no terminaba de desagradarle aunque la vida, tal vez, le seguía apasionando. Y veo, claro, la televisión y contemplo las imágenes de la guerra y en cada crónica aparecen los muertos que interesan a cada bando, las cifras que no coinciden, el cielo nocturnal de esa ciudad de leyenda que es Bagdag como siu algo se estuviera celebrando con fuegos de artificio. Pero no: son misiles, bombas, fanáticos de un lado y empresarios de otro que calculan posibles beneficios o sueñan con la quimera dela paraíso que nunca existirá ni tan siquiera para los mártires. De vez en cuando esta guerra que nadie termina de entender del todo, ni quienes la hacen, provoca imágenes como la de la niña moribunda y amputada y pasamos de página porque está muy bien emocionarse en el un cine comiendo palomitas, pero la realidad resulta siempre más desagradable. Escribo estas entre el desorden que me rodea y con la ventana abierta. Tengo sobre la mesa un libro de Terenci y al fondo, en la pared , el enorme cuadro de «el australiano» de Eduardo Urculo. Hay un transistor que he enmudecido porque al otro lado de la calle ha empezado el recreo de los niños del colegio que tengo enfrente. Juegan y chillan y son como gorriones urbanos ignorantes de toda esta perversión que nos rodea. El cielo está azul velazqueño y yo siento muchas ganas de derrumbarme en el sillón y esperar a que todo termine. No lo hago. Tecleo despacio: no es este un tiempo dulce para vivir... y cumplo con mi obligación de escribir este artículo.
LA ECONOMÍA EN TIEMPOS DE TAMBORES DE GUERRACarlos Berzosa. Catedrático de Economía Aplicada de la Universidad Complutense La economía de los países más avanzados tiene poco pulso. Así se pone de manifiesto en los datos que se ofrecen sobre la evolución sufrida en el año pasado. Alemania se estancó en el cuarto trimestre y corre el riesgo de una recesión. La economía británica lo hizo en un 1.6%, el nivel más bajo del decenio. La economía española ha crecido al 2% en 2002, que es el peor resultado desde la recesión de 1993 y se encuentra muy por debajo de la previsión oficial. El Fondo Monetario Internacional (FMI) rebaja la previsión para 2003 del 2.7%, que lo estimó en septiembre pasado, al 2.4% el crecimiento para la economía española y que supone seis décimas por debajo de la previsión del gobierno. En un contexto como el actual, en el que existe la posibilidad de la guerra la incertidumbre crece y resulta muy difícil hacer un pronóstico sobre cuánto tiempo puede durar una situación como la que se está dando. Si nos ponemos en el peor de los supuestos, y es que se desencadenara la guerra, a pesar de la oposición ciudadana que a escala mundial se está haciendo, las previsiones que se pueden hacer resultan complejas, pues todo dependerá de múltiples factores que no se pueden ahora mismo prever. Hay muchos analistas que realizan previsiones simulando escenarios diferentes. Pero creo que son ejercicios que están seguramente condenados al fracaso, como tantas previsiones económicas que resultan fallidas, sobre todo cuando una vez iniciado un proceso no se sabe a ciencia cierta que es lo que puede suceder. En todo caso, lo peor de una guerra no es lo que puede afectar a la economía, por muy negativa que esto sea, sino la cantidad de vidas humanas que se puede llevar por delante. Estamos ante un problema humano y de dominio imperial, más que económico en sí. No obstante, admitido esto, no cabe duda, que el anuncio de la guerra y la posibilidad de que tenga lugar afecta negativamente a la economía y voces más autorizadas que la mía, como la de Stiglitz, entre otras, lo han razonado con argumentos suficientemente consistentes. La recesión, que se inició antes del 11-S, y que supuso el fin de un ciclo expansivo, se ha prolongado por la incertidumbre que en la toma de las decisiones económicas ha introducido la actitud belicista del presidente norteamericano. Los actos terroristas, el desencadenamiento de la guerra de Afganistán, la amenaza de guerra contra Irak, han afectado muy negativamente a determinados sectores económicos, como pueden ser el turismo y el transporte aéreo, entre algunos de los más perjudicados, y han podido beneficiar a otros, como pueden ser los vinculados a la seguridad. Sin embargo, el balance global es negativo, y ello se manifiesta, no sólo en los datos, sino también en el comportamiento de los mercados bursátiles y, como consecuencia de todo ello, en la inestabilidad del precio del crudo, que es tan vital para el funcionamiento de nuestras economías. Este hecho, se intenta contrarrestar en Estados Unidos, sin embargo, con la aplicación de una política económica que estimula el gasto militar. Desde el 11-S ha aumentado espectacularmente esta partida del gasto público en la economía de Estados Unidos y se ha incrementado notablemente el déficit público. Esta opción se ha considerado, por diferentes analistas, como una vuelta al keynesianismo, si bien militarista, y que responde, entre otras causas, a la intención de estimular la economía para salir de la recesión. De este modo, nos encontramos con que mientras en la Unión Europea se sigue defendiendo el dogma del déficit cero, la cuna del capitalismo liberal practica una política de déficit público. Hasta ahora, estas medidas no han resultado ser, desde este punto de vista, muy eficaces, aunque siempre queda la duda de que si no se hubieran tomado las cosas estarían aún peor de lo que están. Las políticas de expansión de la demanda keynesianas, no tienen ya lo efectos positivos que tuvieron el pasado, y ello se debe a que las causas de los males económicos no vienen dados sólo por la demanda, sino por otros factores vinculados al proceso de crecimiento económico y a la oferta. No obstante, en momentos de atonía de la inversión y el consumo privados, el impulso dado por el sector público no sólo puede contrarrestarlo, sino que, además, puede servir de acicate. Así que, independiente de que un déficit público excesivo pueda causar otros males, como inflación o deuda pública creciente, siempre tiene efectos positivos, o bien para reanimar la economía, o bien para evitar que la actividad caiga más de lo que está. En este caso, lo tiene, aunque sea totalmente cuestionable, sobre el enorme complejo militar industrial estadounidense, que desempeña un papel decisivo en su economía. De hecho, desde que Estados Unidos, se convierte en la potencia hegemónica del mundo capitalista tras la segunda guerra mundial, y ejerce como tal un papel imperialista, el gasto militar ha sido decisivo para explicar el crecimiento económico habido en la posguerra. Analistas como Galbraith, Sweezy, Baran, Magdoff, Tsuru, por citar los más destacados en este tipo de estudios, así lo han puesto de manifiesto. No obstante, la guerra de Vietnam le provocó importantes consecuencias negativas a la economía de Estados Unidos. La bomba que se cebaba con tanto gasto militar quedó contrarrestada por otros factores, aparte del declive que sufrió como potencia hegemónica, por la derrota de la guerra y por su pérdida de competitividad en el escenario económico mundial. En los años ochenta, tanto Reagan como Bush padre, impulsaron nuevamente el gasto militar, lo que explica, en parte, la expansión habida y la recuperación de la hegemonía perdida parcialmente. La caída del muro de Berlín supuso que Estados Unidos se convirtiera en la gran potencia imperial, pero en este caso, sin ningún contrapeso, como pudo ser la Unión Soviética en su momento. La evolución económica de los años noventa le dio cierta ventaja sobre sus aliados, pero también competidores en el plano económico, como La UE y Japón. Los Estados Unidos refortalecidos económicamente, política y militarmente, quieren imponer su orden al mundo entero y aunque tenga países que no se sometan a todas sus voluntades, se enfrenta a un nuevo contrapoder, surgido de las luchas de la ciudadanía contra la guerra. Esto explica el hecho de por qué si la guerra no beneficia a la economía globalmente considerada se intente llevar a cabo por todos lo medios. Lo que está en juego, no son los intereses de la mayoría, sino los intereses imperiales de Estados Unidos, así que podemos decir que es una guerra imperialista más, de las muchas que ha habido a lo largo de la historia, y que detrás de todo están las grandes compañías petrolíferas y el gran complejo militar e industrial, que vuelve a emerger con fuerza, pues una vez desaparecido el enemigo principal, se ha buscado otro con el eje del mal. Se sigue manteniendo la maquinaria de producción de bienes para la destrucción, y que proporciona sustanciosos beneficios, mientras que el mundo padece tantas carencias de bienes básicos para la supervivencia. Recuerdo en mis años de estudiante que en primer curso, de un modo simplificado se decía, que en la economía había que optar entre cañones o mantequilla. Los países ricos siempre han optado, para mantener su hegemonía, más por lo primero que por lo segundo. Ahora, sigue siendo así, cuando tanta mantequilla hace falta por el mundo. Los Estados Unidos siguen queriendo más cañones que mantequilla, pero eso sí, los cañones sólo los quieren tener ellos. |