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Nº 20 - Junio/Julio 2002 |
Artículo
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LA
AGONÍA DE MAFALDA por Fernando
Cortiñas
Promediando ya el año 2002, cabe echar una mirada retrospectiva sobre la crisis argentina, sus causas, sus consecuencias y su incierta salida. Desde 1998 Argentina está sumida en una grave recesión que, después de tres años, estalló a finales de diciembre del 2001, constituyendo probablemente la crisis más grave que ha sufrido la Argentina en sus casi 200 años de historia como país independiente. Sus consecuencias no son sólo económicas sino que también tienen un profundo impacto social y político. Esta crisis se manifiesta a través de cuatro «caballos del Apocalipsis»: En primer lugar, la recesión ha disparado el desempleo, que, según estadísticas oficiales ha superado el 20% de la población activa, cifra que aumentaría por encima del 30% si se incluyera a los «cuentapropistas» (empleados por cuenta propia sin un puesto de trabajo estable) y a los sub-empleados. El desempleo es aún más preocupante en tanto castiga principalmente a la gente joven. La segunda
pata derivada de la anterior es el empobrecimiento masivo de amplios
sectores sociales. Según datos publicados por el INDEC (Instituto
Nacional de Estadísticas y Censos) a finales de mayo, más de la mitad
de la población argentina (un 53%) se encontraba por debajo de la línea
de pobreza. La crisis está golpeando con dureza incluso a la amplia y
consolidada clase media, que enorgullecía a Argentina y la distinguía
de la mayoría de sus vecinos hasta hace muy pocos años atrás. Este empobrecimiento generalizado ha dado origen a un sector social de características muy particulares: «los nuevos pobres», gente de ascendencia mayoritariamente europea, con gustos y estilos de vida de clase media y media alta que se ven forzados a severas restricciones en su consumo. La «nueva pobreza» sería una de las diferencias que explicarían «por qué» tienen lugar en Argentina estallidos sociales y muestras masivas de disconformidad. A decir de algunos políticos y sociólogos, la pobreza argentina sigue siendo diferente a la de otros países vecinos, donde, los pobres «siempre lo han sido» y, debido a esa pobreza estructural a la cual la gente «parece estar acostumbrada», en dichos países se ha podido manejar mejor las tensiones sociales, mientras que en Argentina, donde la gente «no solía ser pobre», la presión va en aumento pudiendo llevar al país al borde de la anarquía, con un nefasto e imprevisible desenlace. El tercer vértice de este drama, consecuencia de los dos anteriores y causa agravante del malestar, radica en el progresivo deterioro de la distribución de la riqueza: La brecha entre ricos y pobres se ahonda progresivamente, y la otrora amplia y cómoda clase media –orgullo del país-, está en vías de extinción: Entre 1989 y 1999, durante la «década menemista», el PIB argentino se expandió un 60% pero el desempleo aumentó un 250%, mostrando a las claras el fuerte proceso de concentración de la renta. Los ricos son cada vez menos pero son cada vez más ricos, mientras que amplios sectores sociales se han pauperizado a pasos agigantados. Finalmente, el último ángulo de este cuadrilátero marcado por la recesión, el desempleo y la concentración de la riqueza está definido por el aumento exponencial de la violencia, deteriorándose la calidad de vida que alguna vez supo diferenciar a Buenos Aires del resto de las otras ciudades del continente. Para asombro e incredulidad de los orgullosos porteños, Buenos Aires está «caraquizándose», y los asaltos, asesinatos, y secuestros express son moneda corriente, acercando a Buenos Aires cada vez más a Sao Paulo o a Caracas. Mafalda agoniza y Manolito se
vuelve a España
El deterioro de la calidad de vida, la decadencia económica y el creciente aumento de la inseguridad jurídica, económica y física ha empujado a la emigración a muchos argentinos: De acuerdo con los datos del último censo poblacional de la ciudad de Buenos Aires, este distrito habría perdido unos 300.000 habitantes a lo largo de la última década. Este fenómeno tendría su explicación en dos causas: la primera, muchos de los habitantes de clase media alta y alta se han ido a vivir en urbanizaciones cerradas de la periferia, los llamados «countries» que cuentan con servicios de seguridad privados. La segunda, estaría dada por la masiva emigración de muchas familias argentinas con pasaporte europeo hacia la tierra de sus mayores. La emigración hacia Europa y EE.UU. superaría ya al 3% de todos los ciudadanos, lo cual se traduce en que más de un millón de argentinos se encuentran ya fuera del país. Informaciones periodísticas dan cuenta de que, solamente en Miami, habría unos 200.000 argentinos, muchos de ellos en situación de inmigrantes ilegales y sin empleo, lo cual ha llevado a que el gobierno norteamericano volviera a reimponer a los ciudadanos argentinos el requisito de «tener un visado» para poder entrar en el territorio de los Estados Unidos. Adicionalmente, y de acuerdo a una investigación del Servicio de Estadísticas Laborales (SEL), publicada a mediados de mayo, alrededor de 1.800.000 argentinos tienen la idea de abandonar el país. Y, sin pillar a nadie por sorpresa, los destinos preferidos son España (37%), Estados Unidos (18%) e Italia (11%), por lo cual podemos aventurar una «vuelta masiva» de los nietos a la tierra de sus abuelos, aunque Europa en general, y España en particular, parecen reticentes a aceptar esta «invasión» argentina. La mejor representación de este drama podría titularse «La agonía de Mafalda», ópera en la que Mafalda representa a la quintaesencia de la clase media argentina. Desde un punto
de vista sociológico, el mundo de Mafalda es la mejor imagen de una «familia
de clase media pequeño-burguesa y urbana de un país periférico en la
década de los ´70». Un padre, de profesión empleado, una madre ama
de casa, y dos hijos, cuyas aspiraciones consisten en tener una vivienda
y un coche propios, y darse algunos pequeños lujos como educar a sus
hijos y tener vacaciones un mes al año. La crónica y paulatina decadencia argentina de las tres últimas décadas ha destrozado a este icono estereotípico de la familia argentina de clase media, que ha sufrido embates de diversa índole: En primer lugar, una guerra civil encubierta durante la segunda mitad de los años ´60 y buena parte de los ´70, donde a unos brotes terroristas de extrema izquierda se respondió desde el Estado con una represión brutal, ocasionando heridas profundas en la sociedad argentina que aún no han cicatrizado. En segundo lugar, una guerra externa (Malvinas) perdida por haber sido conducida de forma vergonzosa, y que «descolocó» a Mafalda y a Manolito, quienes perplejos descubren que la idea de considerarse «europeos en América» se hace añicos al ver que sus países de referencia –España e Italia- les dan la espalda y quienes en realidad les ayudan son sus «hermanos latinoamericanos», tantas veces ignorados cuando no despreciados. En tercer lugar, para alcanzar el clímax de este «culebrón», el progresivo deterioro económico de Argentina desde la década del ´30 hace que el país termine de «redescubrir» su pertenencia a Latinoamérica acabando con el «mito europeo». En este melodrama, Mafalda –que tiene 40 años, habiendo nacido oficialmente en marzo de 1962-, se descubriría vacía y frustrada, llena de conflictos, en lo que podríamos denominar el «síndrome de Bridget Jones». Si el genial Quino escribiera esta ópera, probablemente Libertad habría desaparecido o habría sido torturada por los militares, Susanita estaría viviendo en un country protegiendo su «estilo de vida tradicional» en una burbuja ficticia, y muy posiblemente Felipe habría muerto en el conflicto de Malvinas. Completando este argumento, Manolito ya estaría volviendo a España, después de liquidar lo que queda de su almacén –si es que no se fundió en el camino- y Guille –el hermanito de Mafalda- estaría en la lista de desempleados o en la cola de algún consulado europeo intentando sacar un permiso de trabajo «comunitario». Esta ficción no está muy alejada de la realidad: Los consulados de Italia y España no dan abasto para expedir los pasaportes de ciudadanos argentinos con dichas nacionalidades. En Argentina hay unos 700.000 ciudadanos con nacionalidad italiana, 270.000 de ellos en Buenos Aires, hecho que la convierte en la ciudad italiana más grande del mundo fuera de Italia, superando incluso a ciudades italianas como Venecia. El caso español no es muy diferente: de acuerdo a cifras extraoficiales de la Xunta, solamente los gallegos serían unos 300.000, aunque no todos ellos estarían censados. De lo dicho en los párrafos anteriores puede inferirse que Europa podrá esperar a corto plazo una «invasión» de argentinos muy numerosa, aunque difícil de estimar con precisión. Lo que sí puede apreciarse con claridad es que el destino mayoritario de este aluvión inmigratorio será España, porque incluso los ciudadanos argentinos con pasaportes comunitarios no españoles prefieren este último destino por cuestiones de afinidad lingüística y de estilo de vida. La
Argentina invertebrada El grave estado socio-económico de Argentina también se reflejó en una profunda y severa crisis política, que culminó con la renuncia de Fernando de la Rúa en diciembre del 2001, pasando por momentos de virtual acefalía y dejando paso a que finalmente Eduardo Duhalde –antiguo gobernador de la provincia de Buenos Aires- asumiera la primera magistratura del país. La imagen de la clase política argentina está por los suelos, y la gente ya no reconoce a los políticos legitimidad alguna para dirigir, llevando al país al borde de la ingobernabilidad. Este es un punto realmente clave a la hora de analizar cuáles son las salidas para el país: Es muy difícil hacer predicciones, porque «el soberano» no acata las decisiones gubernamentales, produciéndose una situación de rebeldía generalizada. Políticos de todos los poderes son objeto de abucheos, insultos e incluso agresiones físicas, que se extienden también a los miembros de la Corte Suprema de Justicia, totalmente desacreditada por haber estado involucrada en numerosos escándalos de corrupción. Como hubiera dicho Ortega, Argentina está «invertebrada», y, sin llegar a querer hacer afirmaciones dramáticas, puede afirmarse que el país se parece mucho a la estatua de la mujer de Lot, aquella a quien por desobedecer a Dios fue convertida en sal. Se conserva la estructura del cuerpo social, pero sus moléculas están tan debilitadas que un simple toque podría llevar a que se disgreguen. Aunque parezca alarmista decirlo, Argentina está hoy muy cerca de la anarquía. Hasta ahora, la crisis no ha afectado a los países vecinos, y, aunque el escenario de un «contagio» no parece demasiado probable, hay que tenerlo en cuenta, porque ello afectaría profundamente a las principales empresas españolas, que tienen amplios intereses en toda la región. Por todo lo dicho, es interesante analizar cuáles son las causas de la actual crisis argentina, a fin de entender mejor la coyuntura y aventurar un pronóstico de lo que podrá esperarse a corto y mediano plazo. Para ello, hay que remontarse un poco en la historia económica argentina. Argentina,
de «Granero del Mundo a Campeón Mundial de la Inflación»
Los primeros europeos que llegan a territorio rioplatense lo hacen en 1516, y durante 3 siglos estos territorios de la América austral fueron básicamente la trastienda del Imperio español. El Cono Sur no tenía importancia alguna para la corona española, salvo en su papel de servir como «zona de paso» para garantizar una salida segura a los metales preciosos del Alto Perú (Potosí) hacia Europa, y los centros de gravedad del Imperio español estaban en el eje México-La Habana y Lima-Potosí. El resto de los territorios jugaban un papel secundario, y giraba en torno a las necesidades de estos dos centros. Así, al independizarse Argentina «oficialmente» en 1816, el país sólo había servido como soporte logístico para las zonas mineras del virreinato del Perú, encontrándose el virreinato del Río de la Plata en un estado de «economía regional de subsistencia», al decir del historiador y economista argentino Aldo Ferrer. La actual Argentina tarda otros 50 años en terminar de configurarse, y es en 1862 cuando el país comienza a estructurarse institucionalmente tal como hoy lo conocemos. Durante la década de 1860, se dan una conjunción de factores que llevan a que Argentina pase a convertirse en el gran «milagro económico» del siglo XIX. En primer
lugar, a nivel interno, como hemos comentado, Argentina termina de
consolidarse como estado nacional. En segundo lugar, a nivel
internacional, se da el pleno apogeo de la «pax británica», en la
cual Inglaterra rige como potencia hegemónica, montando un eficiente
sistema colonial compuesto por una metrópolis que abastece de productos
manufacturados a las colonias que a su vez la nutren de materias primas
necesarias para alimentar las industrias establecidas en Europa. En
tercer lugar, la invención de algunos adelantos tecnológicos, entre
ellos el barco frigorífico, permiten que Argentina pueda comenzar a
exportar su caudal de riquezas agropecuarias hacia las metrópolis
europeas: hasta entonces, la carne vacuna y otros productos perecederos
no podían exportarse, pero a partir de esta invención el Cono Sur
puede comenzar a transformar su «potencia» en «acto», enriqueciéndose
de la noche a la mañana. Esta conjunción
de factores, facilitan que Argentina comience a crecer a tasas nunca
vistas. Algunos estudios señalan a lo largo del período 1860-1930, el
país creció a tasas anuales acumuladas del 6%, llevando a que a
principios del siglo XX Argentina disfrutara de un PIB per cápita
situado entre los primeros cinco del mundo. Esta fue la época «de oro»
de Argentina –aunque seguramente sería más «dorada» para unos que
para otros-, en la que el país atraía enormes ingentes de inmigrantes
europeos, no tenía problemas para endeudarse, y parecía que el
crecimiento era imparable. El modelo funcionaba de manera relativamente simple: Argentina exportaba enormes cantidades de materias primas clave para la época –carne, lanas, cueros, granos- y producía grandes excedentes comerciales en la balanza comercial, que le permitía importar bienes, capitales y personas, atraídos por un sector agroexportador que constituía el motor del país. El politólogo
Rosendo Fraga afirma que, si al estallar la revolución de mayo en 1810
el país no existía, al celebrarse en 1910 su primer centenario,
Argentina había pasado a ocupar un lugar relevante en el concierto de
las naciones, representando ella sola el 7% de todo el comercio mundial. Es aquí cuando adquiere sentido la frase de José Ortega y Gasset, que visitó Buenos Aires durante los festejos del Centenario de 1910: «No hay que entender a la Argentina desde LO QUE ES. Hay que entenderla desde LO QUE NO ERA, 60 años atrás». Este modelo de prosperidad, que parecía inagotable, llevó a que se desarrollaran conductas de dispendio y falta de disciplina fiscal, aunque ello no impedía a que el país siguiera avanzando. Pero, lamentablemente, el modelo agroexportador sobre el que se basaba la prosperidad argentina quebró en la década del ´30, al perder Gran Bretaña su papel como potencia hegemónica y ser sustituida por los Estados Unidos, a quien Argentina no tenía nada para vender. A partir de entonces, el motor del crecimiento argentino estuvo impulsado por el gasto público, que intentó desarrollar una industrialización del país que permitiera dar sustento al consumo de un mercado interno. Estas políticas no funcionaron con toda la eficiencia deseada, y, salvo períodos de excepción, el país comenzó a transitar un período de progresiva decadencia a lo largo de seis décadas, con tasas de inflación y de endeudamientos crecientes. Este deterioro económico fue acompañado de un paulatino deterioro del clima social y político, llevando a la acción terrorista de inspiración guevarista durante los ´60 y ’70 a los que siguió la reacción que se tradujo en una represión militar violenta. La crisis de Malvinas terminó de deteriorar la ya golpeada autoestima de la sociedad argentina, quien, apenas retornada la democracia, se tuvo que enfrentar a una hiperinflación galopante que terminó de estallar en 1989. Esta serie de fracasos sucesivos debilitó a los agentes políticos tradicionales, y ello fue lo que, en última instancia, permitió el acceso al poder a un «outsider» como Carlos Menem, que de caudillo periférico de una provincia secundaria se convirtió en Presidente de la Nación. Balance (y desbalances) de la década
menemista
Apenas asumió como presidente, Menem intenta implantar una asociación con los principales grupos empresarios del país, pero ante el descalabro económico existente su primer ministro de economía fallece de un infarto muy poco tiempo después de haber asumido. Y así, la conducción económica va dando tumbos hasta marzo de 1991, cuando se designa como ministro de economía a Domingo Cavallo. Desde esta perspectiva, es indudable que los orígenes de la crisis yacen en las profundas reformas estructurales introducidas en la economía argentina a lo largo de la década pasada, a raíz de la implantación del Plan Cavallo en 1991, durante el primer gobierno de Carlos Menem. A pesar de las consecuencias negativas que se experimentan hoy en día a raíz de dichas reformas, puede afirmarse que las medidas adoptadas en su momento por el Ministro Cavallo estuvieron totalmente justificadas. Cuando Carlos Menem asumió su primera presidencia, a mediados de 1989, Argentina estaba sumergida en el caos hiperinflacionario, con índices de precios al consumidor que en dicho año superaron el 5000 % anual. La crónica hiperinflación argentina estaba ligada a un todavía más crónico déficit fiscal que obligaba al gobierno a emitir moneda de manera descontrolada y a elevar su nivel de endeudamiento para financiarlo. Al asumir Cavallo como Ministro de Economía a principios de 1991, impone un plan de ajuste radical, tomándose una serie de medidas que recortan el gasto público de manera drástica. Además, se prohíbe al gobierno endeudarse para cubrir el déficit de las empresas estatales, administradas de forma muy ineficiente y muchas veces fraudulenta. En paralelo, se adoptan medidas tendentes a aumentar la recaudación fiscal, simplificando el sistema impositivo y persiguiéndose la evasión impositiva con una gran eficacia. Así, mediante la reducción del gasto y el aumento de los ingresos, pudo contenerse el déficit, lo cual llevó a que se pudiera disminuir el nivel de emisión monetaria a la vez que se comenzó a frenar el nivel de endeudamiento estatal. El plan Cavallo contó además con otra pieza clave, como fue la ley de convertibilidad, por la cual se establecía la paridad uno a uno entre el peso y el dólar, a la vez que se autorizaba la libre circulación del dólar y su utilización como medio de pago legal. También se disponía en la ley que no podrían emitirse pesos que no tuvieran respaldo en dólares o algún tipo de reservas como oro o títulos externos. Así, el Banco Central de la República Argentina pasó a funcionar como una caja de conversión, donde se podían cambiar libremente dólares por pesos, al tipo de cambio fijo establecido. Si aumentaban las reservas en dólares, aumentaba la oferta monetaria en pesos, y si se demandaban dólares, se retraía dicha oferta monetaria. Este conjunto de medidas permitió acabar de cuajo con la inflación, que para la segunda mitad de la década de los ´90 se mantuvo en niveles cercanos a cero, mostrando incluso deflación en 1999, algo que no ocurría en Argentina desde la crisis del ´30. El ahogo financiero de las ineficientes empresas públicas forzó a que Cavallo pudiera implantar un profundo programa de privatizaciones. El Estado argentino se deshizo de una gran cantidad de activos ociosos y empresas estatales deficitarias, que permitieron aumentar las reservas en divisas o monedas «duras», a la vez que se esterilizó una importante proporción de la deuda externa del país, al aceptarse títulos de dicha deuda como parte de pago por la compra de empresas a privatizar. Este conjunto de medidas, entre otras, provocó una suerte de «milagro económico» durante la primera mitad de la década de los ´90: baja inflación y fuerte crecimiento del PIB real, que creció a tasas anuales acumuladas superiores al 6%, con un descenso del desempleo, para todo el quinquenio 1991-96, superando en algunos casos el 10% anual. Este crecimiento fue impulsado principalmente por la entrada de fondos del exterior, provenientes no sólo por la privatización de las empresas públicas sino también por la repatriación de capitales que los argentinos tenían en cuentas fuera de su país, sumas a las que también se agregaron inversiones genuinas de empresas y fondos de pensiones extranjeros que se veían atraídos por la estabilidad que auguraba la reforma del Plan Cavallo. Durante este período, el plan funcionó muy favorablemente, aunque no todos sus efectos fueron positivos. Las principales consecuencias negativas de la reforma fueron, por un lado, la sobrevaluación del peso en relación al dólar, que llevó a que Argentina perdiera competitividad en su sector comercial externo. Al comenzar a experimentar cifras fuertemente deficitarias en su balanza comercial, se ponía en peligro la capacidad del país para generar fondos genuinos que permitieran hacer frente a su deuda externa. Además, la privatización de las empresas públicas disparó el nivel de desempleo, sobre todo en las economías regionales del interior del país. No obstante, estos efectos negativos se vieron compensados por la entrada de capitales del exterior, que permitía inyectar dinero en la economía argentina favoreciendo el consumo y la inversión. El modelo sufrió una crisis fuerte a consecuencia del «efecto tequila» en 1995, pero pudo aguantar el embate. Pero la situación cambió radicalmente a partir de ese año, cuando el presidente Menem fue reelecto, asumiendo su segundo mandato. En primer lugar, el nivel de desempleo siguió en ascenso, haciendo que el consumo comenzara a disminuir. En segundo lugar, también comenzó a caer la inversión privada, en la medida que caía el consumo y los capitales del exterior dejaban de fluir. En tercer lugar, el sector externo tampoco podía actuar como motor de crecimiento: El peso aún seguía sobrevaluado en relación al dólar, lo cual impedía que el país pudiera aumentar sus niveles de exportaciones (En cualquier caso, las importaciones más las exportaciones del país nunca llegaron a superar más del 25% del PIB argentino). Esta situación se vio agravada por la progresiva devaluación del real brasileño respecto al dólar, lo cual encarecía las exportaciones argentinas a Brasil y abarataba las importaciones de dicho origen. Este dato es relevante, en tanto Brasil es el principal socio comercial de Argentina. Así las cosas, y antes de que eclosionara la crisis, a mediados de 1996, Menem destituye a su ministro Cavallo, y comienza a echarse por la borda todo el esfuerzo hecho hasta ese momento. Por un lado, se pierde la disciplina fiscal, disparándose otra vez al alza los niveles de déficit del sector público, forzando a aumentar el endeudamiento fiscal, lo cual se vio agravado por el hecho de que ya no quedaban empresas significativas por privatizar que permitieran generar ingresos para cubrir el déficit. Todo este conjunto de factores comenzó a llevar a Argentina a una profunda recesión, que se vio agravada por una serie de elementos de origen externo, entre los que caben destacarse la buena marcha de la actividad económica en Estados Unidos durante la segunda mitad de la década de los ´90. La expansión económica norteamericana llevó a que la Reserva Federal subiera los tipos de interés en Estados Unidos, produciendo dos efectos negativos sobre la economía argentina. Por un lado, la subida de las tasas de interés provocó un encarecimiento de la deuda argentina, aumentando el peso relativo representado por el pago de intereses sobre las exportaciones totales. Por otro, la subida de intereses en Estados Unidos provocó una salida de capitales desde Argentina hacia el país norteamericano, retrayendo la liquidez en el mercado argentino. A fin de evitar dicha fuga de capitales, las autoridades monetarias argentinas se vieron forzadas a aumentar fuertemente los tipos de interés, ahondando aún más la recesión. También dentro del sector externo, las continuas devaluaciones del real afectaban negativamente al comercio argentino-brasileño, y la caída de los precios de los bienes commodities que tuvieron lugar a finales de la década pasada complicaron aún más la endeble situación exportadora argentina. Por todo lo expuesto, cuando Fernando de la Rúa asumió como presidente en 1999, se encontró con una situación económica profundamente deteriorada, y una situación social altamente inflamable. Esta coyuntura se vio agravada por los desgastes producidos por los sindicatos –mayoritariamente leales al partido peronista, ahora en la oposición- que enturbiaban el panorama político, en sus intentos por dificultar la acción del gobierno. Para complicar las cosas, el Presidente de la Rúa demostró reiteradamente lentitud e inseguridad en la toma de decisiones, en una aparente falta de liderazgo que no hacía más que enviar señales negativas a los agentes económicos. Argentina 2001: Odisea en el
espacio
Así las cosas, durante el año 2001 se precipitaron los acontecimientos, y en menos de 3 meses Argentina cambió de ministro de Economía, volviendo a asumir el control de dicha cartera Domingo Felipe Cavallo, quien, como nuevo «hombre fuerte» del gabinete, intentó estabilizar la situación. Pero el «SuperMingo» esta vez fue desbordado por los acontecimientos. A fin de evitar la sangría que significaba la salida masiva de dinero del sistema financiero (los ahorristas comenzaron a desconfiar del sistema, comenzando a atesorar dólares «físicos debajo del colchón»), Cavallo intentó una solución desesperada al imponer el llamado «corralito financiero» en diciembre del año pasado. Esta medida, en su concepción original, consistía en una restricción a los retiros de dinero en metálico de las cuentas bancarias, aunque podían hacerse pagos dentro del sistema a través de cheques y transferencias. Si se lo mira desde un punto de vista teórico, el «corralito» estaba bien diseñado, en tanto apuntaba a lograr tres objetivos: en primer lugar, impedía la salida de recursos que debilitaban el sistema financiero, a la vez que forzaba, en segundo lugar, el «blanqueo» de la gran parte de la economía argentina que se mueve dentro del sector informal. En tercer lugar, este blanqueo apuntaba adicionalmente a aumentar los fondos de una alicaída recaudación impositiva en retroceso sostenido. Pero la «conveniencia teórica» del «corralito» no tuvo en cuenta el momento de su implantación. La candente situación social llevó esta vez a que Cavallo perdiera el pulso, en tanto subestimó el poder de la economía sumergida argentina: La imposibilidad de extraer fondos en metálico condujo al país a un estado de parálisis que ahondó más la recesión, y el cuerpo social terminó expulsando a fuerza de «cacerolazo» al ministro Cavallo y, poco después, al mismísimo Presidente De la Rúa. A partir de la renuncia de De la Rúa los acontecimientos se precipitaron, dándose lugar a una serie de asunciones y renuncias sucesivas más parecidas a una carrera de postas que a un paso de mando de un gobierno, y que culminaron con la designación de Eduardo Duhalde como presidente interino de Argentina, que asumió el mando con la intención de estabilizar el país y convocar a elecciones para marzo del 2003. La mediocridad de los políticos argentinos, que antepusieron sus intereses personales a los de la Nación, llevó a que el país sufriera una grave crisis institucional, hasta tal punto que el cariz de los acontecimientos hizo que la situación se les fuera de las manos a los mismos políticos que la habían creado con el objetivo de beneficiarse de ella. La grave inestabilidad reinante ahondó la crisis, y los ciudadanos, temerosos ante el futuro económico, retrajeron aún más la oferta monetaria, «secando» el sistema. Los bancos, carentes de fondos, se declararon al borde de la cesación de pagos, y los individuos, imposibilitados de hacerse con sus fondos, se vieron forzados a reducir su consumo a niveles mínimos. Para empeorar la situación, el Gobierno experimentó una brusca caída de la recaudación impositiva, poniendo en situación de quiebra técnica también al sector público, que ya había entrado en «default» al no poder hacer frente a los pagos de la deuda externa. Ante este panorama, el Gobierno se vio forzado a devaluar a principios de enero de este año, echando por la borda todos los esfuerzos realizados a lo largo de una década: La falta de recaudación ha llevado al gobierno a emitir para financiar su déficit, generando tensiones inflacionarias; esta tendencia se ha visto agravada por la devaluación, en tanto los argentinos, acostumbrados desde siempre a pensar en dólares, han puesto sus anticuerpos defensivos en marcha provocando un aumento de precios en diferentes sectores clave. En estos
momentos, es casi imposible hacer una evaluación medianamente seria
sobre la evolución de la crisis: el paciente se encuentra en terapia
intensiva, y se hace muy difícil augurar cuándo y cómo se producirá
la recuperación. Lo que sí puede afirmarse, es que la cura de la
enfermedad será un proceso largo y doloroso, y que algunos sectores,
como el financiero, tardarán años en restañar sus heridas, si es que
lo logran: los ahorristas argentinos no olvidarán fácilmente lo
ocurrido, y Argentina seguirá siendo por mucho tiempo una «cash
economy». Por el bien de Argentina y de los argentinos, y de las empresas españolas con tantos intereses en la región, esperemos que Argentina se recupere pronto, aunque los milagros parecen poco probables a corto plazo. |