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Nº 20 - Año 2002 |
Artículo
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PERSPECTIVAS
DEL ESTADO DEL BIENESTAR por
Ana Vicente Merino
A
lo largo de toda mi vida profesional hay dos asuntos por los que he
sentido una especial inquietud, que me ha llevado a dedicarles la máxima
atención y la practica totalidad de mi tiempo, hasta el punto de que la
investigación en ambos temas ha llegado a formar mi propia configuración
ideológica: la educación y la seguridad social. Ambos conceptos
confluyen en el denominado «Estado de Bienestar», aunque,
indudablemente, el concepto de «Estado
de Bienestar», de bienestar social o simplemente bienestar es algo
mucho más amplio. Actualmente
son muchas las ideas y debates centradas en torno a las tendencias y
cambios de futuro del «Estado de Bienestar», y mucho más en estos días
donde hemos asistido a uno de los fenómenos más tristes del tiempo en
que vivimos: el terrorismo, que como se ha
visto no perdona a nadie, y hasta parece que no solo puede
atreverse con los grandes imperios sino afectar a todos y cada uno de
los ciudadanos. En
los últimos años, desde la década de los 70, es habitual escuchar
expresiones del tipo: «Crisis del Estado de Bienestar» considerando
este concepto como algo ya superado al igual que en otros tiempos se
habló del Estado-policía o estado liberal.
Sin embargo lo que sucede realmente es que el concepto de «Estado
del Bienestar» no es algo superado, sino que ha sufrido en estos años
una evolución y, en consecuencia, su contenido se ha modificado, centrándose
actualmente el debate en determinar cuales son los derechos
sociales que se reconocen, cómo han evolucionado éstos, en qué
circunstancias se encuentran, cual es su problemática y en caso
de reformarlos, qué límites se imponen a dichas reformas. Quizás
en el trasfondo de todo ello se encuentre no sólo factores ideológicos,
políticos o económicos cuya apreciación presupuestaria más palpable
estaría en la evolución económica
del gasto social lo que,
en gran medida, permite estudiar los efectos beneficiosos del Estado de
Bienestar sobre la eficiencia económica, sino en una problemática
mucho mas amplia. El
hombre ha evolucionado hacia un individualismo cada vez mas acentuado.
Si el hombre, en sus orígenes, partió de una posición tridimensional,
considerando un mundo compuesto por Dios, sus semejantes y él mismo a
los cuales confiaba la solución de sus problemas e inquietudes, a
partir de las ideas procedentes de la Revolución Francesa se hizo
bidimensional eliminando a Dios de su horizonte, para desembocar en
nuestros días en un hombre unidimensional, profundamente individualista
que solo confía en sí mismo. Ante
esta situación, la primera pregunta que podríamos plantearnos es ¿qué
se entiende por «Estado del Bienestar»? ¿qué políticas incluye?.
Quizás su significado es un tanto impreciso y va unido a la evolución
de una serie de hechos históricos condicionados por ideas y
circunstancias sociales y económicas del hombre, a las que antes he
aludido. Según
el profesor Muñoz Bustillo, el «Estado de Bienestar» se entiende «como
el conjunto de acciones públicas tendentes a garantizar a todo
ciudadano de una nación, por el mero hecho de serlo, el acceso a un mínimo
de servicios que garanticen su supervivencia, tanto biológica como
social». Como puede observarse, se trata de un concepto funcional,
basado en conceptos puramente económicos y por lo tanto sujeto al
crecimiento de la economía lo cual, lógicamente, requiere cada vez
mayor volumen de recursos sociales. El
uso de la expresión de «Estado de Bienestar» o «Estado Providencia»
(Welfare State) se generaliza en el mundo a partir del «New Deal» de
F. D. Roosevelt, pero la preocupación del Estado por la situación de
todos sus ciudadanos es algo más antigua. En el mundo de las ideas, la
preocupación del Estado por asegurar los riesgos de la población ante
situaciones de necesidad y mejorar sus condiciones de vida aparece en
casi toda Europa a principios del siglo XX, aunque, según los países
de que se trate, con distintas manifestaciones e intensidad. De hecho,
en España, el pasado año, se celebró el centenario de la Seguridad
Social como institución más representativa del Estado de Bienestar
moderno. Fue
en Alemania donde frente al
tradicional «Estado de Policía» se acuño el término «Estado de
Bienestar», y antes el de «Policía del Bienestar». Fue Bismarck el
primero en acometer un precoz
sistema de seguridad social, y bastante mas tarde, en 1942, es cuando
el famoso economista inglés Lord Beveridge suscribe su informe
sobre Seguridad Social, el cual será básico para el diseño de todos
los sistemas de protección social de la posguerra.
La
crisis del «Estado de Bienestar» producto de una crisis ideológica,
de confianza en sí mismo del hombre, quizá producto a su vez de su
creciente individualismo, de su creciente unidimensionalidad, tiene su
punto de partida en la crisis económica de los años setenta ante la
ausencia de instrumentos de corrección de los desequilibrios generados,
teniendo en cuenta el fracaso de los tres rasgos fundamentales del «Estado
de Bienestar», que según el profesor Mishra son: lucha contra el
desempleo, la provisión universal pública de determinados servicios
sociales como asistencia sanitaria y pensiones dignas y la garantía de
un nivel mínimo de vida para todos los ciudadanos. Pero
analicemos un poco la cuestión. Las políticas públicas que pueden ser
objeto del Estado de Bienestar son diversas, tanto en el aspecto
normativo como en lo referente a prestaciones. Así, se puede
distinguir: a)
Previsión de los ciudadanos frente a situaciones de riesgo: aquí
podría incluirse el sistema de Seguridad Social (pensiones, desempleo,
subsidios etc.) b)
Prestación directa o indirecta de servicios públicos básicos:
sanidad, educación, vivienda, servicios sociales. c)
Integración social frente a situaciones de pobreza o de extrema
necesidad que en España se plasma en prestaciones no contributivas de
la Seguridad Social, salarios de inserción, servicios sociales, etc. d)
Protección laboral, frente a situaciones normalmente de
desigualdad: regulación del mercado de trabajo, garantía de la
contratación laboral y representación sindical. e)
Protección frente a los abusos de la contratación en masa:
derechos de los consumidores. f)
Incluso la Protección del medio ambiente: calidad de vida. No
cabe duda de que la inclusión de unas u otras políticas en lo que podría
abarcar el denominado «Estado de Bienestar» depende de múltiples
consideraciones, como puedan ser hechos históricos, ideas políticas y
filosóficas, circunstancias económicas y sociales. En
términos económicos, cuando se habla de la crisis del «Estado de
Bienestar» se analiza la evolución del gasto social, su constante
aumento, sobre todo en determinados conceptos, como pensiones o
desempleo alcanzando su punto culminante a partir de la mitad de los años
setenta. Como
no sería posible abarcar todas ellas voy a centrarme en las dos que más
pueden interesar: la Educación y
la Seguridad Social. La
educación es el sedimento del proceso evolutivo de una sociedad
determinada a lo largo de la historia. Cada sociedad tiene sus propios
objetivos educativos, que históricamente no tienen por que ser los
mismos, aunque algunos de ellos puedan ser compartidos por muchas otras
sociedades. En el proceso educativo interviene toda la sociedad, además
de la enseñanza formal elaborada por el estado, los padres y
familiares, los otros niños, los adultos, la política del Estado, la
Iglesia sea la que sea, los medios de comunicación, etc. A la
configuración del sistema educativo, antes aludido, es a la que se le
asigna, de modo sistemático, no sólo la transmisión de conocimientos,
sino la instrucción de las generaciones jóvenes para que asuman como
propios los valores ideales de una sociedad determinada así como de los
distintos grupos que la componen. En la sociedad tradicional, que se
remonta a los tiempos de la cultura griega, la familia se encargaba de
la llamada «educación o socialización primaria», de la transmisión
de las características básicas de la sociedad, mientras la escuela se
encargaba de la «educación o socialización secundaria», que enseñaba
al individuo conocimientos y técnicas específicas de diversos sectores
de la vida social. Hoy, esta vieja dicotomía de educación e instrucción,
no tiene demasiado sentido, pues la familia, que también ha sufrido una
gran transformación, ha dejado de realizar muchas de sus viejas
funciones, asumiendo la escuela, junto con los medios de comunicación
de masas, que irrumpen con todo vigor en este planteamiento, los dos objetivos de educar e instruir. Por otra parte, este
planteamiento esta a su vez en plena revisión, ya que estamos
asistiendo a una verdadera revolución educativa con la irrupción y
popularización de los ordenadores y las telecomunicaciones, que a través
de Internet están obligando a replantear
las concepciones y las formas de vida de la sociedad. Tras
lo dicho podemos asegurar que la educación es un factor de primer orden
para la reforma y reorientación del Estado de Bienestar de cualquier país,
siendo además, un instrumento decisivo para que toda la humanidad pueda
avanzar en el camino de la democracia, la paz, la libertad y la
justicia. En estos momentos nos encontramos en el umbral de una sociedad
mundializada, globalizada, donde hemos de aprender a ser ciudadanos
cosmopolitas sin perder por ello nuestras raíces y señas de identidad;
donde se producirán tensiones entre tradición y modernidad, entre
competencia y productividad, en fin, estamos en los comienzos de una
nueva sociedad donde la eficacia de los sistemas educativos será, como
siempre, básica para la convivencia y desarrollo de la sociedad. Como
consecuencia de todo lo dicho, los docentes nos encontramos ante una
sociedad que nos exige adquirir, actualizar y hacer uso de los
conocimientos y tecnologías necesarias que nos permitan cumplir nuestro
deber en esa realidad de la globalización de la economía, la información
y los intercambios en un planeta cada vez más poblado. En esta nueva
sociedad educativa tenemos que acometer el objetivo de organizar el
aprendizaje de modo que sea posible asimilar la ingente cantidad de
conocimientos que se derivan del desarrollo científico y tecnológico,
así como de la inmensa cantidad de información disponible. En
esta nueva sociedad, a cuyo nacimiento estamos asistiendo, tendremos,
asimismo, que articular sistemas tendentes a que los individuos puedan
acceder a la nueva educación, a la que nos hemos referido, a lo largo
de toda su vida, cualquiera que sea su condición. Esto supondrá ir más
allá de la vieja distinción entre educación básica y educación
permanente, para pasar a elaborar un nuevo modelo educativo abierto al
mundo donde el aprendizaje se ordene de una forma diferente. Sobre ello
mencionemos el Informe de la Comisión Europea sobre la Educación
presidida por Jacques Delors, que define los cuatro pilares de la educación: aprender a conocer, aprender a
hacer, aprender a convivir y aprender a ser. La
ilusión pedagógica responde a un viejo sueño ilustrado de la
humanidad, que ha confiado en la educación como gran vehículo de
desarrollo de la personalidad humana y escalera de ascenso en la jerarquía
social, y que ha sido integrado en las
políticas del «Estado de Bienestar». Históricamente,
en sus orígenes, el Estado liberal se configuró en todo el continente
europeo atribuyéndose la enseñanza como una función y una
prerrogativa del poder público,
frente a las posiciones católicas y neoconservadoras que preconizaban
reservar al Estado un papel subsidiario en educación. Frente a ello,
las concepciones radicales y socialistas configuraban la educación como
un servicio público prestado por el Estado, mediante una enseñanza
igual y neutra para todos, impartida en escuelas públicas como medio de
favorecer la homogeneización social y la identidad nacional. La
revitalización de la idea de libertad en la segunda parte del siglo XX
produce el hecho, para algunos paradójico, de que sea el Estado social de Bienestar quien se encargue de garantizar el derecho a la educación como un derecho
fundamental que aparece claramente reflejado en la Constitución Española
de 1978 y en su desarrollo posterior. Las
exigencias de la nueva sociedad de la información, que requerirá un
aprendizaje continuo a lo largo de la vida, unidas a la obligación del
Estado de Bienestar de procurar prestaciones universalizadas sin
discriminación entre los ciudadanos, imponen la necesidad de
proporcionar una educación para todos, más allá de lo que corresponda
a una determinada franja de la pirámide de edades.
Por eso, aparte de
las enseñanzas regladas de los distintos niveles, tanto obligatorios
como voluntarios, requerirá prestar gran atención también a la enseñanza
infantil, así como a la educación de adultos. Este panorama que presentará la demanda educativa en España dentro de un mundo globalizado, debe ser debidamente valorado y tenido en cuenta en la elaboración de posteriores políticas educativas dentro del Estado de Bienestar. Se tendrá que proceder a elaborar una serie de encuestas, informes y estudios que muestren qué tipo de educación, tanto pública como privada, demandan los ciudadanos así como los elementos relativos al entorno familiar y social que han motivado las decisiones de los estudiantes. Por desgracia, esos informes y estudios son muy escasos, y la realidad es que el crecimiento de la oferta educativa se ha hecho bastante al margen de los que pudieran ser exigencias de la demanda. Debemos tener en cuenta que las demandas de una educación para todos, que estamos anunciando, en unas circunstancias que prolongan el aprendizaje a lo largo de toda la vida, acabarán superando las capacidades de los sistemas educativos nacionales. Debemos reconocer que ninguna sociedad podrá satisfacer al mismo tiempo las mismas posibilidades de enseñanza para todos los ciudadanos, respetando la diversidad de gustos, de aspiraciones, de capacidades o de preferencias culturales producto de la creciente unidimensionalidad del individuo. Por desgracia, los medios financieros destinados a educación no son ilimitados y es necesario asignar los recursos de la mejor forma posible para conciliar las demandas educativas. De ahí la necesidad de elegir, del modo más democrático posible, entre las opciones que el sistema pueda establecer, buscando la gestión más eficaz de los recursos asignados para el cumplimiento de los fines educativos. A la hora de considerar la financiación pública de la enseñanza, caben varias fórmulas, tanto puras como mixtas, como la actualmente existente en España de oferta pública unida a la subvención de la oferta privada. En resumen podemos decir que la futura sociedad globalizada del conocimiento y la información exigirá un sistema educativo abierto, preparado para un individuo dispuesto a aprender a lo largo de toda la vida. En esas circunstancias, la educación se planteará, como el medio para desarrollar la personalidad individual, la ciudadanía activa y la conciencia de una solidaridad que empiece por evitar que ella misma se constituya en un gran factor de exclusión y marginación social. El
sistema educativo español ha tratado de dar respuesta a las exigencias
de la sociedad actual del Estado del Bienestar, estableciendo el derecho
de todos a la educación –gratuita en el periodo básico obligatorio-,
garantizado por la libertad de enseñanza y la libertad de cátedra en
una organización pensada desde la autonomía administrativa y pedagógica.
Las estadísticas de la enseñanza en España, en estos últimos años,
han crecido de forma espectacular, alcanzándose la escolarización
total de la enseñanza obligatoria hasta los 16 años. El reto en los próximos
años será mejorar la calidad, luchar contra el fracaso de una parte
excesiva de la población escolar, que sale del sistema sin lograr las
titulaciones previstas, y orientar los programas y los métodos de enseñanza
de modo que, además de los conocimientos indispensables, se formen
ciudadanos con capacidad de pensar, de conocer y hacer, abiertos al
mundo, a la vida y al aprendizaje permanente dentro de una convivencia
cosmopolita. Estos planteamientos requerirán de un profundo debate público sobre cuestiones básicas, como la asignación de los recursos, el pluralismo ideológico y la gestión pública y privada en función de su eficacia, competencia y equidad. Pero el problema es más amplio, igualmente se hace necesario un debate sobre otras cuestiones como selectividad, orientación profesional, y empleo; sobre el planteamiento de la enseñanza secundaria, sobre la necesidad imperiosa de replantear y mejorar la formación profesional; y aglutinando a todo ello, sobre la Universidad deseable como núcleo de la enseñanza superior, que debe cuidar la investigación y creación del conocimiento, la transmisión de conocimientos profesionales dentro de las distintas áreas y la cooperación con otros agentes e instituciones para el desarrollo pacífico y libre de la convivencia democrática. Otro
de los componentes del Estado del Bienestar es la política de Seguridad
Social, de notable trascendencia económica ya que
llega a representar, en promedio el 25 por 100 de PIB en la U.E. y el 12
por 100 en el caso de las Pensiones. Y es a este último concepto al que
nos vamos a referir, intentando presentar los posibles temas de discusión
que puedan aparecer en el futuro en este campo. Los
Sistemas de Seguridad Social, en estos momentos, se encuentran en el
dilema de hacer compatible las futuras demandas sociales de gasto con el
crecimiento económico. Los problemas que se presentan son análogos en
todos los países de la U.E. Los medios financieros que el Estado de
Bienestar requiere en el siglo XXI chocan con los efectos negativos de
una elevada presión fiscal sobre la actividad económica y la
competitividad así como con la oposición de diferentes grupos
sociales. En el momento presente, el debate sobre las pensiones se
centra en la viabilidad financiera de los sistemas públicos de
pensiones en un escenario de envejecimiento de la población, en un
escenario de incertidumbre económica y de globalización de los
mercados. Mas concretamente, el problema se centra en ver si los
derechos adquiridos por los actuales pensionistas se podrán mantener en
el futuro y si los pensionistas
que se van incorporando podrán también mantenerlos dentro de unos límites
razonables de presión contributiva para los ciudadanos y las empresas.
Si el equilibrio no es sostenible, habrá que iniciar un proceso de
reformas con el objetivo de garantizar la viabilidad de los sistemas de
pensiones sin que ello merme el derecho a conseguir unas pensiones
dignas y acordes con las necesidades de una sociedad que progresa en sus
niveles de bienestar social. Podría
parecer que las tendencias de algunos sistemas políticos son la reducción
de las prestaciones sociales. Pero quizás esto no debe interpretarse así,
sino que lo que realmente se cuestiona es el distinto protagonismo de lo
público y lo privado, que como dice el profesor A. O. Hirschman ello se
incluye en el ciclo de rotación entre lo público y lo privado de la
gestión (organización) de los sistemas de protección social.
Quizás, en estos momentos, la tendencia va hacia la fase de una mayor
influencia de lo privado. Pero estos ciclos no deberían tener tanta
trascendencia (ser tan visibles) en relación con las políticas de
protección social que son tareas del Estado, que se han producido desde
hace muchos años y por tanto deben presentar un aspecto de estabilidad. La
Seguridad Social se encuentra en un momento decisivo. Uno de los más
importantes temas de debate durante este inicio del siglo XXI es la
crisis de los sistemas de Seguridad Social. Tras décadas de estabilidad
global, la mayoría de los países se encuentran en la actualidad en
proceso de ejecución o gestación de importantes reformas. No existe
rama o aspecto de los Sistemas de Seguridad Social que pueda
considerarse inmune a éste generalizado proceso de transformaciones o
reformas. Recordemos, a estos efectos, los debates sobre las reformas de
los sistemas de pensiones (aunque también se están llevando a cabo
reformas en el campo de la salud o de otras áreas). Recientemente en
los EEUU una comisión presidencial publicó un informe sobre las
reformas de la Seguridad Social, y en Europa, Francia, Alemania y España
están cuestionándose los problemas que en el futuro plantearan los
programas de pensiones. Pensemos que en los países de la OCDE se dice
que los pasivos no financiados de pensiones totalizan 30 billones de US
$. Evidentemente, el problema económico es de la máxima importancia. En
este terreno de modificaciones de los sistemas de seguridad social, América
Latina tiene una experiencia acumulada durante los últimos 20 años, ya
que 8 países de ellos (la mayoría) han introducidos reformas
estructurales de pensiones, de diverso tipo. América
Latina copió modelos de Seguridad Social de los países desarrollados,
ahora se puede aprender de la variada experiencia pionera de los países
de esta región, de sus logros, errores y problemas no resueltos.
Actualmente Hong Kong, Hungría, Polonia y otros países están
considerando los modelos latinoamericanos de reformas de pensiones y
parte de la Comisión de los EEUU, citada
anteriormente, estuvo a favor de algunos elementos tomados de
esos modelos. En
este contexto no hay que dejar de tener en cuenta las posiciones tomadas
en dicho debate por las principales organizaciones internacionales. En
la última década se ha desarrollado un importante debate internacional
sobre la naturaleza de la reforma de los sistemas de pensiones. Hasta
los años 90, la controversia estuvo circunscrita a los expertos y
administradores de los programas de pensiones de Seguridad Social. Sin
embargo, desde principios de los años 90, varias organizaciones
internacionales han tomado un papel prominente en el debate, con
posiciones bien diferenciadas. La OIT y la AISS por un lado y el Banco
Mundial y el Fondo Monetario Internacional por otro lado. Las
instituciones regionales tales como la Comisión Económica para América
Latina y el Caribe (CEPAL) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID)
también han hecho algunos estudios en este campo pero sin tomar todavía
posiciones claras en el debate. Una
vez planteada la amplitud e importancia del debate podemos centrar el
problema indicando los diversos factores y tendencias que ejercen una
gran influencia en la necesidad y en el contenido de las reformas de los
sistemas de pensiones de ésta época: el envejecimiento de la población
de los países, un creciente interés en las privatizaciones, incluso en
el ámbito social; la globalización de los mercados, que conduce a un
examen minucioso de los costes laborales y sociales, y el crecimiento
del llamado «sector no estructurado» que deja sin protección social a
amplias capas, e incluso a la mayor parte de la población activa. Con
el objetivo de hacer frente a la situación planteada en el párrafo
anterior, las reformas de la Seguridad Social en curso o proyectadas
apuntan abiertamente a una distribución de competencias entre el
Estado, los interlocutores sociales y los individuos –asegurados y
ciudadanos en general- como parte de una orientación económica y
social aparentemente integrada, considerando el sistema de protección
social como un todo en un contexto de crecimiento económico mínimo, de
creciente competencia en el mercado global, de desregulación de la
esfera laboral y del colapso de las estructuras familiares. Esta
modificación del marco de actuación se traduce en que las
preocupaciones de los responsables se puedan clasificar en tres categorías
de reformas básicas: 1) garantizar una vinculación más estrecha entre
los regímenes de Seguridad Social y las necesidades reales, 2) tener en
cuenta la relación costes sociales y eficiencia económica y 3) brindar
mayores márgenes para las opciones individuales. De hecho las
verdaderas reformas son una combinación de estos tres tipos de
preocupaciones, aunque con un énfasis variable. En
la práctica, las reformas de los distintos sistemas de Seguridad Social
nacionales llevadas a cabo en los últimos años se han inspirado en
estos tres conceptos: especificidad de las prestaciones, creciente
preponderancia de los intereses económicos sobre los sociales y fomento
de las opciones individualizadas, en lo posible no aportadas por el
Estado, con el objetivo de alcanzar un nivel de protección que se
perciba como más eficaz que el suministrado por los sistemas
anteriores. No
obstante, debemos tener en cuenta que los sistemas de Seguridad Social
no son más que un reflejo del entorno político, económico y social en
los que tienen la oportunidad de influir. El concepto de Seguridad
Social surgió en circunstancias históricas difíciles, cuando la lucha
contra la pobreza constituía una preocupación para muchos gobiernos.
La seguridad social y, ante todo, su componente básico de asistencia
social, fue reconocida con posterioridad como un derecho humano
esencial. Desde entonces (principios de los años 40) el mundo ha estado
en constante transformación; se ha producido una evolución
considerable de las necesidades sociales, de los valores, de las economías,
de la demografía y de la política. En la actualidad, asistimos a la
culminación de este proceso al plantearse que los principios de
igualdad de trato, solidaridad (incluida la financiación colectiva),
afiliación obligatoria y responsabilidad general del Estado son a los
que deberían atenerse las reformas de los sistemas de pensiones. Independientemente
de los conceptos generalistas antes expuestos, el objetivo fundamental
de los regímenes de pensiones continuará siendo la garantía de
niveles dignos de ingresos y que se pueda tener confianza en las
prestaciones que se otorgan o prometan. Indudablemente, el debate en
torno al grado esperable de protección, en términos monetarios o de
nivel de vida, es uno de los más polémicos de cualquier reforma. Debería
también dedicarse especial atención a la situación de los
pensionistas actuales y a la de las siguientes generaciones, básicamente
los que se acercan a la edad de jubilación, respetando no sólo los
derechos adquiridos sino los que están en curso de formación. Cuando
se habla de las reformas de los sistemas de pensiones se pueden
contemplar siete aspectos fundamentales planteados de forma
dicotómica, como dice el profesor Mesa Lago: Que afecten al
planteamiento general principal, social versus económica. Al sistema
financiero: Régimen de reparto versus capitalización. A las
contribuciones, no definidas versus definidas o a las prestaciones,
definidas versus no definidas. También puede ser objeto de reforma la
administración o gestión de las pensiones: privada versus pública o
la independencia política del sistema y si el tipo de reforma es no
estructural o estructural. No siempre tienen que darse esta serie de
dicotomías sino que puede presentarse una prioridad o preferencia por
una alternativa sin excluir la posición de la otra, e incluso podría
suceder que varias de ellas están relacionadas. El
dilema reparto-capitalización, que lleva aparejada la dicotomía en
cuanto a las prestaciones, contribuciones y forma en que se realice la
administración o gestión, ya está superado para los sistemas de
Protección Social públicos, obligatorios con un periodo
de maduración considerable. Bien es cierto que durante mucho
tiempo, en las reuniones de la Unión Europea, se discutía la aplicación
del concepto de reparto versus capitalización. Sin embargo, apareció
el Sistema Chileno y otra
vez se volvió, al dilema
reparto-capitalización. Recuerdo hacia el año 1987 cuando hizo aparición
la Ley de Planes y Fondos de Pensiones, que cualquier intervención en
foros de este tipo comenzaba con la frase «ante la quiebra de la
Seguridad Social....». Bien, eso ya está superado. Personalmente no
veo problemas de elección reparto-capitalización,
sistema publico–sistema privado, todos estos conceptos son compatibles
y cada uno tiene su propio planteamiento, y encajados en los distintos
niveles. En
cuanto a niveles de protección social, tanto en España como en Europa
se consideran tres posibles: -
El primero se denominaría no contributivo cuyo campo de aplicación
sería toda la población residente de un país, financiado por
impuestos y prestaciones iguales para todos los afectados bien en forma
de servicios sanitarios, sociales o de rentas. -
El segundo nivel podría denominarse contributivo y obligatorio
cuyas prestaciones serían rentas sustitutivas de salarios en función
de las cotizaciones efectuadas que serían la fuente principal de
financiación, por el sistema de reparto y gestión pública. -
El tercer nivel o pilar podría denominarse complementario a
partir del anterior, gestionado por la iniciativa privada y financiado
por los propios afectados en régimen de capitalización. Evidentemente,
si este esquema puede ser representativo de la mayoría de los sistemas
de protección social de Europa, no existe alternativa en el método de
financiación. Cuando nos situamos en un sistema público donde se cubre
a toda la población y con
una incidencia económica como es el caso de España
(el 15,2% de P.I.B. referido a la Seguridad Social institucional,
año 2.000, y 21,4% de P.I.B. para el conjunto de la protección social,
año 1997) la aplicación del sistema por transferencias
intergeneracionales es obvio. Sin embargo, en España, al sistema
contributivo se le han adjudicado todos los males, los cuales no son
diferentes de los de otros países de la Unión Europea, como serian,
los efectos del envejecimiento de la población, la aparición de nuevas
necesidades sociales, la maduración de los sistemas de protección
social, los cambios en el mercado de trabajo etc. Desde
el punto de vista histórico, en los comienzos de la Seguridad Social
Española, con la creación del Retiro Obrero en 1919, se planificó su
financiación bajo el sistema de capitalización individual. Al surgir
épocas inflacionistas, junto con otros hechos, la reacción
institucional fue la de hacer frente a este fenómeno adaptando las
pensiones de aquella época a la tasa de inflación con la consecuencia
de que las reservas matemáticas cada vez eran más insuficientes. Así,
en 1966, con la Ley de Bases de la Seguridad Socia se pasa a financiar
el Sistema de Seguridad Social en España por el sistema de reparto. Estos
hechos junto con otros, como por ejemplo seria el referente a la edad de
jubilación, que en España, por aquella época se fijó en 65 años,
cuando la esperanza de vida a partir de esa edad era de 7 años. En la
actualidad nos encontramos con una esperanza de vida de 17 años por
encima de los 65, y en este sentido no se ha reaccionado. Resulta
evidente que los fenómenos económicos y sociales son cambiantes y la
sociedad se ve obligada a actuar adaptando sus Sistemas de Seguridad
Social. Estas adaptaciones no son exclusivas de los Sistemas públicos o
privados o los financiados por reparto o capitalización. El debate no
debe venir en este sentido, más bien debería comenzar a partir del
esquema de protección social anteriormente
descrito de los tres niveles o pilares. Evidentemente, la cuestión es
por donde trazar la línea divisoria. Se
ha hecho necesario hacer modificaciones, o como podríamos decir
eliminar ciertas disfuncionalidades para que los Sistemas puedan ser
viables a largo plazo. Esa parece ser la idea que presidió el
denominado Pacto de Toledo que ya tuvo su primera manifestación en la
Ley 24 de 1997, de 15 de julio, de Consolidación y Racionalización del
Sistema de Seguridad Social. Al margen de incidir en la necesidad de
realizar continuos ajustes en el Sistema de
Seguridad Social como es ser más contributivo, tomar medidas de racionalización,
coordinar la edad de jubilación con la realidad demográfica y del
mercado de trabajo, la incógnita es, tal como hemos dicho, en donde
situar la línea divisoria entre el Sistema publico obligatorio y el
complementario. Es decir tendríamos que empezar a conjugar los
conceptos de nivel de aseguramiento unido al de tasa de sustitución de
los salarios. En
el análisis, se partirá de un Sistema de Seguridad Social
público y
obligatorio, financiado básicamente por cotizaciones sociales con unos
límites de aseguramiento comprendidos entre un valor mínimo (que en el
caso del Régimen General podría coincidir con el salario mínimo
interprofesional) y un máximo (que para el año 2.000 está situado en
4.991.350 Ptas. anuales). Para salarios superiores a esta cifra existiría
la posibilidad de darles una cobertura a través del tercer nivel, de
forma voluntaria y con gestión privada. Sería conveniente definir la
tasa de sustitución medida como el porcentaje del último salario que
sería cubierto por las pensiones públicas en el momento de la jubilación,
en función de las correspondientes normas, entre ellas el número de años
de cotización o carrera de seguro. Debemos
apuntar que el gasto de protección social respecto del Producto
Interior Bruto, en el caso de España, está situado en el
21,4 por ciento, frente al 28,2 (últimas cifras disponibles de
1.997), en la Unión Europea que referido al caso de gasto de pensiones
de vejez se sitúa en el 8,7 y 10,7 respectivamente, es decir estamos
situados a niveles inferiores a la media europea. Sin embargo, cuando se
habla de tasa de sustitución, para una carrera completa de seguro, por
ejemplo para el caso de España de 35 años de cotización, la tasa de
reemplazo o sustitución para salarios medios está situada en el 100% y
90,5% para la base media del Régimen General.. En el caso de los países
de la U.E los de cobertura más elevada como Grecia (87%), Italia (70%),
Portugal (82%), y España (90%) tienen una tasa de sustitución bastante
elevada frente al resto de países cuya tasa de cobertura es moderada
que apenas sobrepasa el 50%: en Francia el 45-69%, en Alemania el 53%,
en Irlanda el 48%, en los países Bajos el 48% y el
Reino Unido el 35-46%. En Europa, todos los países del entorno
mediterráneo tienen una tasa de sustitución que sobrepasa el 70 por
ciento mientras que el resto de los países anglosajones está
comprendida entre el 40 y 55 por ciento (sin embargo cuando nos situamos
en la relación pensión/ media salario medio dicha relación es mucho más
baja). Pero
no es el único tema de discusión, también están los derivados del envejecimiento de la población y su
incidencia en temas como el empleo, la protección social, la salud o
los servicios sociales. Las implicaciones que se derivan han conducido a
un debate en los Estados miembros de la U.E. proponiendo estrategias
para dar una respuesta política que se base en la cooperación y
equidad entre generaciones. El
desafío al reto del envejecimiento de la población se contempla
teniendo en cuenta los siguientes puntos de vista: por un lado está el
descenso relativo de la población en edad de trabajar y el
envejecimiento de la población activa. Esto exigirá nuevas decisiones
respecto de la retirada temprana del mercado laboral junto a las políticas
de aprendizaje y oportunidades a lo largo de toda la vida. Dado el
crecimiento del número de personas jubiladas y la disminución de la
población activa es necesario evaluar la presión que estos hechos
ejercerán sobre el sistema de pensiones y las finanzas públicas y
elaborar políticas que palien su excesiva incidencia. Ello se conseguirá
a través de mayores tasas de empleo para las generaciones en edad de
trabajar. Los regímenes deberían ser menos sensibles a los cambios,
especialmente al demográfico. Se
debe tener en cuenta que el aumento del número de ancianos hará
necesario cubrir las crecientes necesidades de servicios sanitarios y
sociales que demandarán estos ancianos. También deberán considerarse
las diferencias en la situación familiar, de vivienda, de educación y
salud así como de nivel de ingresos que tendrá en consecuencia ya que
cada vez serán mayores las necesidades
de las personas de edad. Pero
no sólo es el envejecimiento de la población el que hará que los
sistemas de protección social tengan que hacer frente a nuevas
necesidades. Las nuevas formas de sociedad, con parejas monoparentales,
la mayor participación de la mujer en el trabajo, la situación de la
familia, así como las nuevas formas de trabajo condicionan las
necesidades que puedan aparecer en el futuro y que necesitarán la
cobertura necesaria. Cuando
se habla del envejecimiento de la población, hay que hacer hincapié en
un segmento, el de los mayores de 80 años que crecerá en una mayor
proporción. Será necesario aumentar los cuidados de salud e incluso
combatir enfermedades ligadas a la edad, lo que se denominan cuidados de
larga duración será un
objetivo a tener en cuenta. Ya se plantea en este sentido el seguro
de dependencia. Todos
estos aspectos han llevado a los países miembros de la U.E. a definir
una serie de estrategias que podrían suponer replantear y modificar prácticas
e instituciones obsoletas, fomentando tanto la solidaridad entre
generaciones como la equidad intergeneracional. Sobre si el tipo de
reformas ha de ser estructural o no estructural, parece que hay un
consenso entre las dos posturas del debate en cuanto a la necesidad de
acometer la reforma, pero un desacuerdo significativo sobre el tipo de
reforma que ha de ser implantada. Tampoco hay acuerdo sobre el
diagnostico del sistema público, pero aquí la brecha se ha reducido. Se
han admitido muchos de los defectos del sistema público: la
centralización excesiva, la carencia de coordinación de las políticas
macroeconómicas, el bajo nivel de las pensiones, la falta de ajuste a
la inflación, los altos costos administrativos, el control defectuoso
del cumplimiento sobre todo en cuanto a la evasión de pago y la
morosidad, y desequilibrios financieros y actuariales. A
la vista de la falta de acuerdo en el diagnóstico del tipo de reformas
debemos mencionar que la posición de la OIT-AISS es a favor de una
reforma no estructural o sea «perfeccionar» el sistema público actual
pero corrigiendo sus reconocidos defectos: hacer más estrictas las
condiciones de acceso (por ejemplo elevando la edad de retiro,
aumentando los años de contribución para obtener el derecho a la pensión...),
eliminando los regímenes de privilegio y las prestaciones demasiado
generosas, reduciendo los gastos administrativos, reforzando el control
y la evasión y mora, restableciendo los equilibrios actuariales y
financieros mejorando la eficiencia y pagando pensiones adecuadas. La
OIT ha aceptado también una incidencia del sector privado pero centrado
en programas complementarios de pensiones. Sin
embargo, el BM considera estos cambios positivos pero insuficientes para
resolver los problemas económico-financieros a largo plazo, por lo
tanto, propone una reforma estructural radical para sustituir el sistema
público por uno de capitalización individual de aportación definida y
administrado de forma privada. La
O.C.D.E. ha estudiado estos temas y concretamente el efecto del envejecimiento. En sus documentos definen una
serie de principios a tener en cuenta trazando una serie de estrategias
cuyo efecto será paulatino. Parte del hecho de que en los últimos años
se ha producido un aumento de la esperanza de vida así como de las
jubilaciones anticipadas, lo que ha supuesto un aumento del periodo de
percibo de la pensión. Para paliarlo, propone una política que podría
ser prolongar la vida laboral que bien pudiera articularse no
facilitando la anticipación de la edad de jubilación, o posibilitando
el empleo a los trabajadores en paro de edades superiores (por ejemplo a
partir de 50 años). En
dichos documentos también se hace alusión al saneamiento
presupuestario aligerando el peso de la Deuda Pública. Esto podría
implicar una reducción de las pensiones públicas o un cambio de la
tasa de cotización, lo cual se relaciona con la necesidad de fijar el
nivel adecuado de aseguramiento público-privado (qué parte de la renta
del jubilado sería cubierta por los distintos pilares). Este punto
enlazaría con la recomendación de regímenes de capitalización para
los sistemas privados de protección social, aspecto que es
incuestionable desde el punto de vista actuarial. Así mismo se
recomienda que la renta de los jubilados ha de provenir de una serie
diferenciada de fuentes para así diversificar los riesgos, dejando que
cada individuo tome la decisión más conveniente para mejorar el nivel
y calidad de vida. La
O.C.D.E. introduce el concepto de sistema equilibrado atendiendo a la
importancia de todas las fuentes de renta en los hogares de las personas
mayores. Las fuentes de renta a considerar serían las provenientes de
los Sistemas públicos de Seguridad Social (bajo formas de
transferencias intergeneracionales), de sistemas privados de pensiones o
cualquier tipo de seguros, el ahorro privado
e incluso el
ejercicio de una actividad. Pues bien, el sistema equilibrado consiste
en que ninguna fuente de renta debe predominar y aquí si que es donde
puede haber divergencias entre los distintos países, como se ha visto
anteriormente. Para
terminar podemos apuntar el último condicionante del futuro de la
protección social, que es el que se deriva del mercado de trabajo, que
es cambiante, no sólo en cuanto a una mayor movilidad, sino en cuanto a
la necesidad de mayores periodos de formación que incidiría en una
incorporación más tardía al trabajo con la consiguiente repercusión
en la carrera del seguro. Todos estos hechos son los que van a condicionar el futuro de la protección social y a los que habrá que dar respuesta. Es necesario una implantación rápida ya que las reformas en pensiones tardan mucho en surtir efectos, y además son temas de gran trascendencia para el bienestar de los ciudadanos y por lo tanto, afectan a la cohesión social. La implantación debe ser paulatina, con periodos transitorios de aplicación de las normas para que de esta forma, todos los afectados puedan reaccionar ante los cambios pertinentes. |