Nº 20 - Junio/Julio 2002

 

 

EL EJEMPLO FRANCÉS  

Andrés Aberasturi

Periodista

Las últimas elecciones en Francia para elegir presidente de la República, han dejado al descubierto buena parte de los problemas que vienen agobiando a las democracias europeas desde hace muchos años y que podrían resumirse en una única afirmación: la crisis del sistema de partidos. Afirmar tal cosa presupone siempre –lo sé por experiencia- convertirse en sospechoso, en personaje nada claro, en presunto «facha», en enemigo de la cosa. Como uno ya va siendo mayor, no tiene la necesidad de demostrar nada a 

nadie, de forma que me reafirmo: la democracia basada en los partidos está pasando de ser «el menos malo de los sistemas» (que ya es un triste principio) a ser una forma de organizarse ajena al pueblo, muchas veces corrupta y en la que se impone la dictadura aritmética de la mayoría sin la participación ni la presencia del respeto por lo que las minorías representan.

El resultado de todo esto –a lo que habría que añadir la desaparición de la izquierda diluida como un azucarillo en el caldo único de un centro pragmático carente de utopía- es  la conversión de los partidos mayoritarios en grande máquinas que tienen mucho más de estructura empresarial que de unión de voluntades bajo una ideología que intenta transformar el mundo. Pero los beneficios de esas extrañas empresas llamadas aun partidos –beneficios necesarios para poder subsistir- no se obtienen de la fabricación de cosas sino de la venta del poder a intereses espurios. No creo que se puedan contar con los dedos de una mano los partidos que hoy en Europa –también en EEUU- estén libres de toda sospecha o no tengan en sus archivos cadáveres nada exquisitos de «convolutos», tráficos de influencias, apaños y comisiones.

Al final todo esto tiene una traducción: la abstención cada vez mayor y el llamado voto de castigo que no deja de ser la rabieta del pueblo frente a algo que realmente no lo representa.

Terminado el recuento de los votos, todos los políticos hacen la misma reflexión: hemos entendido el mensaje de las urnas. Y en eso queda todo, en la declaración de una realidad que luego no saben o no quieren cambiar. El ejemplo francés es exportable. Da igual que aquí o allí no haya un tipo como Le Pen. Le Pen no es el problema, es sólo la disculpa, el instrumento que utiliza el votante para manifestar su hartazgo. Pero nuestros sistemas democráticos no están por la labor de buscar la viga en sus propios ojos: es más fácil condenar a Le Pen y airear su impresentable biografía que limpiar de una vez los archivos propios y sacudirse el polvo de los viejos cadáveres.