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Nº 17 - Mayo/Junio 1999 |
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EL SUEÑO Entre los recuerdos que uno conserva aún del Pasado con mayúscula, es decir, de lo que ya está en las hemerotecas y pertenece a la Historia, me surgen de vez en cuando imágenes de las huidas tremendas del muro de Berlín, del levantamiento de Hungría brutalmente aplastado por la URSS, de la primavera de Praga donde los jóvenes tiraban piedras a tanques, de la llegada de Fidel al poder, de la llamada «crisis de los misiles» - tal vez nunca la tierra estuvo tan cerca de una tercera guerra mundial- y, en fin, de aquella realidad que se llamó el «equilibrio del terror», la guerra fría. El
mundo no era una balsa de aceite y aunque mi generación estaba más
preocupada de su propio futuro incierto en una España sin libertad, no
éramos ajenos a lo que ocurría más allá de nuestras fronteras.
Y pese a la envidia de las democracias, aquel no era un mundo
feliz. Pero
de pronto empezaron a ocurrir cosas:
murió Franco y llegamos a la democracia en una transición no
demasiado traumática. A
los pocos años, como la vieja teoría del dominó, empezaron a caer las
dictaduras socialistas y el muro de Berlín, el gran símbolo, fue
tomado por la gente y destruido en una borrachera de esperanza. Tal vez empezaba la edad moderna de verdad, el tiempo del
Hombre, de la Justicia, del respeto por la Naturaleza en una aldea que
cada vez era más global y que ya no tenía marcha atrás. Ese
pudo haber sido no sólo nuestro sueño sino una realidad que por
primera vez era posible: sin bloques, se podrían dedicar muchos más
recursos a erradicar el hambre de la tierra, la enfermedad, la muerte.
Surgieron multitud de organizaciones solidarias, de pactos, de
proyectos comunes, y alguien habló del «nuevo orden». Lo
que realmente pasó, lo sabemos todos.
No hay más que echar un vistazo a este planeta para contemplar
un panorama que no es precisamente alentador: la caída del socialismo
no humanizó el capitalismo sino que lo hizo aun más radical.
Siguió aumentando el gasto en armamento al ritmo que subían los
intereses de la deuda exterior de los países menos desarrollados.
Se multiplicaban las guerras locales y los integrismos de todas
clases - razas, religiones, que más da- llenaron de hogueras el planeta
azul. Estos días está
ardiendo el corazón de Europa y nadie encuentra una salida.
Entraremos en el siglo XXI entre misiles, aviones invisibles y
reuniones tan urgentes como inútiles de esa cosa llamada OTAN.
a. aberasturi |